El misterio de la encarnación del Verbo en el seno de María se ha cumplido por obra del Espíritu Santo.

Dice el ángel a María (que en razón de su voto de virginidad no lograba comprender cómo sería posible convertirse en Madre del Salvador sin “conocer varón”): “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, sobre ti extenderá su sombra el poder del Altísimo” (Lc 1,35).

La nube para el pueblo hebreo era signo de particular presencia de Dios en medio de él. El Espíritu Santo de Dios, en la Casa de Nazareth, está presente en María, nueva arca de la alianza, y la “cubre con su sombra”, convirtiéndola en Madre del Redentor.

Por esto la Santa Casa es el santuario por excelencia del Espíritu Santo. El cristiano aquí siente la necesidad de invocar del Divino Paráclito los siete santos dones para una total fidelidad al propio bautismo, con el cual está incorporado a Cristo y participa de su gracia salvífica.


Ven espíritu santo

Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.

Ven, Padre de los pobres;
ven, dador de las gracias;
ven, luz de los corazones.

Consolador perfecto,
dulce huésped del alma,
dulce refrigerio.

Descanso en el trabajo,
en el ardor tranquilidad,
consuelo en el llanto.

Oh luz santísima:
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
Nada sin culpa.

Lava lo que está manchado,
riega lo que es árido,
cura lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido,
calienta lo que es frío,
dirige lo que está extraviado.

Concede a tus fieles,
que en ti confían,
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales el eterno gozo. Amén.

Guía Espiritual del Santuario de Loreto